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José Manuel Serrano
Moreno y su talón de Aquiles
¡Oh, Fabio!
Pero, a quién se lo ocurriría ponerle el nombre de Metrocentro? Además de feo es una engañifa. Su denominación oficial debería haber sido tranvía, a secas, como le llama la gente sensata y con dominio del lenguaje. No solo porque responde a su verdadera naturaleza –la de un tren eléctrico urbano en superficie–, sino también por sus hermosas connotaciones literarias. ¿Se imaginan que Un tranvía llamado deseo, la torturada obra del torturado Tennessee Williams se llamase Un metrocentro llamado deseo? El deseo hubiese quedado en gatillazo. Lo mismo podríamos decir de Tranvía a la Malvarrosa o La novela del tranvía, libros de Manuel Vicent y Benito Pérez Galdós marcados por este medio de transporte que acompañó a la gran expansión de las ciudades en el siglo XIX, desde aquellos primeros modelos tirados por bestias (los tranvías de sangre, los llamaban de forma lorquiana). El problema del tranvía fue que, más allá de su poética, era un asesino en serie. A Gaudí lo mató uno en Barcelona y, cuando se retiraron en Sevilla durante los años 60, el pueblo lo celebró como una victoria de la modernidad y la seguridad. “El peligro amarillo”, fue llamado por el color de sus vagones y sus intenciones homicidas. Pero como todo vuelve, el tranvía regresó a Sevilla con fatuos aires de modernidad y sostenibilidad para asegurar el acceso al cogollo de la ciudad por la Avenida recién peatonalizada, aunque se le bautizó con ese horroroso eufemismo de Metrocentro. Lo de tranvía sonaría a franquismo, imagino.
La idea del tranvía no es mala, más cuando recientemente se ha extendido hasta Nervión y, con la adquisición de nuevos trenes, ha ampliado notablemente su frecuencia de paso. Pero tiene un problema fundamental: la fragilidad de su recorrido en cuanto pasa de la Puerta de Jerez. Cualquier excusa es buena (manifestaciones de cinco personas, cabalgatas identitarias de minorías, etcétera) para cortar la línea, apear a los pasajeros antes del final del trayecto y obligarlos a continuar a pie el viaje hasta la Plaza Nueva, aunque tengamos encima de la cabeza una borrasca tropical, caiga azufre del cielo en los días de verano o los condenados a caminar tengan 90 años o sufran una fascitis plantar que convierte cada paso en una auténtica tortura. Además, claro, están las fiestas mayores de guardar: Navidades, Semana Santa, Corpus y procesiones varias. Pero todo este enorme fastidio es difícil de explicar a alguien que se monta en un coche oficial y la policía municipal se encarga de escoltarlo hasta la misma puerta de su despacho. Hasta que esto no se solucione, el tranvía se debería llamar de apellido petardo, por usar una palabra para todos los públicos.
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