En el tajo

Ropa Vieja

01 de abril 2025 - 08:09

(A Julia y Emma)

El viento no dejó de aullar en la noche, mientras la llama crepitaba en la lumbre ajena al ajetreo de las primeras nieves.

Julia y Emma terminaron de vestirse. Sus ropas las habían heredado de su bisabuela. Eran las típicas de una jornalera.

-¡Qué pena que no estuviera aquí!-, pensaron.

Por fin, iban a echar el deseado jornal de aceituna, su rito iniciático en este mundo de hombres de manos rudas, de mujeres fuertes como la tierra.

El olivar se hacía escarcha en la profundidad del valle y el sol dormitaba en lo más alto del cielo.

Llegaron al tajo como unas más. Sus caras mostraban serenidad y miedo. La aceituna esperaba ser recogida, tornarse en aceite y ser el sustento del hambre y la esperanza de muchos.

A su lado, siempre el abuelo, vigilando cada caricia que al olivo daban. La vara parecía una llave que abría el tesoro prohibido de la oliva. Y el tronco, al verse bien tratado, se dejaba querer y las aceitunas caían con armonía.

Pronto la llama adivinó el fin de la jornada, las huellas de Julia y Emma se grabaron en el suelo del valle, para ser testimonio de una nueva sangre de jornaleras.

A un olivarero

Y tu mano es un surco en esta tarde

para excavar en la tierra profunda.

La mano que descubre el agua e inunda

el valle cuando el sol se esconde y no arde.

Mano entregada al yugo de la tierra.

Mano presa del viento congelado,

escarcha que se clava en tu costado,

mano que la mirada mía encierra.

Padre, la tierra vibra y te reclama.

Te invoca al tiempo de llegar a las claras.

Otoño, el fruto cae de la rama.

Tus manos, padre, cogen estas varas.

Y el olivo por su honor exclama.

Y su fruto es la vida si pasara.

(Dedicado a Martín Paredes Rubio)

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