
En tránsito
Eduardo Jordá
Inocencia
VERICUETOS
Las profecías deben considerarse una debilidad humana, sobre todo cuando son autocumplidas. Nada le gusta más al ser humano que hacer de agorero, anticipar catástrofes y evitar males mayores. Surgen así los visionarios que, pretendiendo demostrar su habilidad y, por qué no, su privilegiada inteligencia, entonan cantos de advertencia al resto de mortales para mantenerlos alerta o incluso prevenirles de lo que está por venir, que nunca es bueno a sus ojos. Una guerra, una plaga, un meteorito, el último Papa… Todo vale para esos Nostradamus de la tragedia.
San Malaquías fue uno de ellos. Este religioso irlandés vivió en el siglo XII y centurias más tarde, en pleno Barroco, se publicaron una serie de profecías de su supuesta autoría consistentes en una lista de Papas hasta llegar al último, un tal Pedro El Romano, con el que acabaría la Iglesia Católica tal y como la conocemos. El juego en sí nos invita a identificar cada una de las frases en latín con un Sumo Pontífice y en esta tontería se vienen esmerando grandes mentes de lo oculto desde hace ya demasiado tiempo, demostrando un ansia irrefrenable por conocer el desenlace de la broma.
Juan Pablo II, cuyo deterioro y agonía prácticamente se retransmitió en directo durante meses, abrió la caja de Pandora tras más de cinco lustros de Papado. Su muerte revivió los viejos debates sobre la sucesión y durante el periodo de Sede Vacante afloraron las cábalas por identificar al cardenal que más se acercara a la descripción del siguiente lema en latín propuesto por Malaquías. Sedientos de drama y cónclaves, en los últimos días este sagrado “Quién es quién” ha vuelto a cobrar fuerza tras el ingreso hospitalario del actual Obispo de Roma, un personaje incómodo y prescindible para muchos feligreses de la escuela más apolillada y conservadora de la fe. Puede decirse que muchas personas de misa diaria rezan para que Francisco (Jorge para los amigos) regrese a la casa del Padre, dejando paso a otro Papa más acorde con los designios del Altísimo. De su Altísimo, por supuesto…
Pero Francisco es argentino y, por tanto, se sabe cuándo empieza a hablar pero no cuándo terminará. Y mientras se recupera o no, las casas de apuestas arden como infiernos esperando el momento en el que, si todo va bien/mal (según se mire), Petrus Romanus haga acto de presencia en el balcón de las bendiciones del Vaticano, para mayor gloria de todos los tremendistas del mundo. Porque, en el fondo, ¿a quién no le va a gustar un Pedro El Romano? ¿A quién no le va a gustar?
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