El santuario de Miguel Acal

La Barqueta

07 de marzo 2025 - 03:07

Miguel Acal Jiménez nació en Granada pero pasó su vida entre Sevilla y Bormujos, donde murió en 2002 con solo 57 años. Fue el mejor crítico flamenco de la historia y el espejo donde más me miré. Su programa flamenco de La Voz del Guadalquivir, Con sabor andaluz, era la Universidad del Cante Jondo, donde todos nos formamos. Cuando supe que se moría, quise verlo en su casa y no pude porque estaba ya mal físicamente y su mujer creyó que no era el momento, aunque se lo dijo más tarde. Veintitrés años después, el pasado martes volví a su casa invitado por Nandi, que está estupenda, para ver su despacho, su archivo y todas sus cosas. Me hubiera quedado a vivir allí. Cuánta emoción.

Dejó un gran archivo y un libro a medio terminar, Apuntes del cante gitano-andaluz, que debe ser un tesoro. Allí están su máquina de escribir, cámaras de fotos, galardones, discos, libros y revistas. Cientos de fotografías con artistas, escritores, poetas y flamencólogos decoran las paredes. Lo imaginé sentado delante del ordenador o leyendo alguno de mis libros, de los tres o cuatro que vi en su librería, dos con dedicatorias. Demasiado nuevos.

El tesoro no saldrá de esa casa mientras viva Nandi, pero debería estar en un centro de documentación en Bormujos o en Sevilla, porque es historia de nuestro arte. Si hubiera que pagar una entrada para verlo haría cola todos los días, porque es el santuario del maestro, donde veneraba al arte de su vida y aún se venera, porque su esposa lo mima. Miguel sigue allí, en cada cuadro, en cada libro y en cada carpeta. Sentí su presencia, el calor de su cuerpo.

Todos nos hemos olvidado un poco de este hombre. El flamenco, en general, desde luego. Nunca le preocupó mucho lo de la inmortalidad, el hecho de ser reconocido. Recibió muchos galardones en vida y en julio le van a dedicar La Yerbabuena de Las Cabezas, el festival que creó su amigo Pedro de Miguel con su ayuda y la del pintor Juan Brito. Lo que de verdad le gustó al maestro fue disfrutar del pellizco gitano, encerrarse con los cantaores en un cuarto o en el patio de un cortijo de Jerez, Utrera y Lebrija.

Se llevó muchas fiestas y juergas a la tumba con los más grandes: con Antonio Mairena, Fernanda, El Chocolate, Perrate o Lebrijano. Vivió la vida tres veces y las tres se las bebió sin pausa entre sorbo y sorbo. Siempre a compás. Porque hasta aprendió a darse con arte una pataíta por bulerías, algo que se me está resistiendo. Quizá fue lo único que no le pude pillar.

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