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José Manuel Serrano
Moreno y su talón de Aquiles
Ayer, el papa Francisco cumplió 33 días ingresado en el Hospital Gemelli de Roma. Es lo que duró el pontificado de Albino Luciani, el efímero Juan Pablo I, iniciado el 26 de agosto de 1978, el día que Cortázar cumplía 64 años y mi cuñado Eulogio se casaba en San Juan de la Palma con Rosario. Las muertes de Juan Pablo I y la de su predecesor, Pablo VI, el que concluyó el Concilio Vaticano II, aparecen en la tercera parte de El Padrino de Coppola.
La vida del papa Francisco tiene una película mucho más apasionante que Cónclave. Para empezar, el Papa está vivo de milagro. No podía ser menos siendo el representante de san Pedro en la tierra. Su relación con la muerte, más allá de lo que cada cual entienda por eternidad, debe de ser de una naturalidad asombrosa. Su abuela Rosa, la que le hizo abrazar la fe cristiana, vio cómo siete de sus ocho embarazos terminaban con la muerte de los bebés. Sólo sobrevivió el segundo, Mario, su padre. Se salvó porque era sietemesino, ya que la patología de la madre se desarrollaba a partir del octavo mes de embarazo.
Sus abuelos Govanni y Rosa, italianos del Piamonte, compraron los pasajes para viajar con su hijo Mario, el único que les sobrevivió, en busca de un futuro mejor en Argentina, donde desde 1922 unos hermanos del abuelo de Francisco trabajaban en una empresa de asfalto y adoquines. El barco Principessa Mafalda iba a partir de Génova rumbo a Buenos Aires el 11 de octubre de 1927. Los abuelos del Papa tuvieron que vender los pasajes y aplazar la partida porque no les dio tiempo a vender sus enseres. El trasatlántico, en el que habían viajado pasajeros como Pirandello, Toscanini o Carlos Gardel, naufragó frente a las costas de Brasil. Viajaban 1.200 pasajeros, muchos de ellos emigrantes del Piamonte. Hubo más de medio millar de víctimas mortales, incluidos los emigrantes sirios y peones agrícolas que viajaban como polizones.
Giovanni y Rosa y su hijo Mario partieron del puerto de Génova el 1 de febrero de 1929 en el barco Giulio Cesare. El flechazo de los padres de Francisco fue inmediato cuando se conocieron en el oratorio salesiano de San Antonio, en el barrio bonaerense de Almagro. Por eso el Papa, muy futbolero, siempre ha sido del San Lorenzo de Almagro. Su padre se implicó en temas de la iglesia. Daba conferencias. La primera fue sobre el Papado.
“¿Qué deja una guerra?”, se pregunta el papa Francisco en la autobiografía que acaba de aparecer en Plaza y Janés escrita en colaboración con Carlo Musso y de la que están extraídos estos detalles de su vida. La Primera Guerra Mundial se la contó su abuelo Giovanni, que la vivió en el frente; de la Segunda le contaron muchos pormenores los emigrantes polacos que llegaron a Argentina para trabajar en la fábrica donde estaba su padre, el niño que llegó a hombre por ser sietemesino.
Los días que el Papa lleva en el Hospital Gemelli no se habla más que de guerra en todas partes. Francisco, el nieto de Giovanni y Rosa, el niño que aprendió a hablar en piamontés, reproduce unas palabras de Bertolt Brecht: “Entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre / Entre los vencedores, el pueblo llano la pasaba también”.
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