No lo entiendo

El mundo de ayer

28 de febrero 2025 - 03:11

En las páginas de este diario, la historiadora del arte Alicia Iglesias se preguntaba –preguntada por Miguel Lasida– por la posibilidad de un arte cofrade sevillano que bebiera de la abstracción: “Creo que no. No estamos acostumbrados a un concepto nuevo, moderno, contemporáneo, que se pueda aplicar a los temas religiosos.”

En los vídeos de este diario, Chantal de la Cruz le preguntaba a los viandantes por el cartel que Luis Gordillo, artista de prestigio, ha hecho para la Hermandad de la Macarena, un cartel que para quien esto escribe recuerda el optimismo ingenuo de los primeros 90 o un estudio previo de Ceesepe. Por efecto del montaje, había gente a la que le gustaba el cartel y otra a la que no le gustaba, pero me imagino que la mayoría, si preguntáramos en las casas y los bares, diría aquello que titula el vídeo (“No lo entiendo”), o se apartaría incluso, como en el vade retro que le sale del alma a una de las señoras inquiridas, que se agarra la correa del bolso como si la Macarena le fuera a robar la cartera.

Este es, como ha dicho hace poco Luis Sánchez-Moliní, el tema de siempre y la polémica de siempre. Y yo digo que los temas de siempre encuentran su mayor acomodo en esta ciudad, que es la capital de lo jartible y lo manido, dos formas de conjurar la vanitas barroca, tan nuestra también. Para mí pocas cosas representan más a Sevilla que esa pizarrita que vi en el bar Santa Ana, pocos días después del Domingo de Resurrección, que anunciaba que tan sólo quedaban 340 días para la próxima Semana Santa. Y empatado con esa pizarrita, las presentaciones de carteles, con esas fotos siempre graciosísimas de artistas contemporáneos posando junto a sus obras, al lado de señores engominados y endomingados con tensas sonrisas y cara de circunstancias.

Veo en el fondo de todos estos alardes de modernismo un sentimiento de culpa y una velada vergüenza. ¿Saben a quién pondría yo en el cartel de la Semana Santa, sin culpa y sin vergüenza? A un señor que va al gimnasio de mi padre, que todos los días se pone en la elíptica o en la bici o en la cinta de correr, andando o a trote cochinero, y se pone en YouTube vídeos de pasos y de marchas. Ese hombre, que todo el tiempo hace lo mismo, que cada día repite lo del anterior, para quien no existe un mañana distinto al ayer, que camina sin avanzar, que pedalea sin moverse del sitio, que mueve las piernas para quedarse donde está, este Gatopardo trianero, habitante de un mundo en el que sólo existen cirios y varales y cornetas, es un símbolo. Aunque yo no lo entienda.

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