
Las dos orillas
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Esta semana la he dedicado a buscar opiniones de genios del flamenco sobre ellos mismos y encontré una auténtica joya de Paco de Lucía, de 1988, donde decía lo siguiente: “Con Ramón Montoya se movió poco el flamenco, porque los puristas pensaban que lo bueno era lo antiguo”. A continuación, añadió algo aún más desconcertante: “Luego, yo y algunos jóvenes dimos un paso…”.
No solía adornarse con halagos propios, pero aquí utilizó un claro yoísmo y se refirió de manera vaga a “algunos jóvenes”. Se olvidó de Serranito, Sanlúcar y Cepero, algo imperdonable, porque Paco de Lucía no estuvo solo en la revolución a la que se refería.
En aquel tiempo, los años sesenta, el genio era Niño Miguel, uno de esos jóvenes a los que probablemente aludía Paco. Su primer disco, La guitarra del Niño Miguel (1975), con piezas como Vals flamenco o Brisas de Huelva, era mucho más interesante que Fuente y caudal, de Paco, el álbum que lo ayudó a despegar –sobre todo gracias a la rumba Entre dos aguas–, editado en 1973 por Fonogram. Entre los fandangos Brisas de Huelva, del genio onubense, y Aires choqueros, del genio algecireño, me quedo con los primeros. Luego, ambos guitarristas tomaron caminos distintos: Paco conquistó el planeta y Miguel comenzó a odiarlo.
El de Huelva fue el fenómeno de esa época: un guitarrista único, creativo, con duende y embrujo. Lo conocí, y recuerdo que una noche en Huelva, Enrique Morente –que lo adoraba– mandó a buscarlo. Se presentó en la Peña Flamenca con una guitarra que solo tenía cuatro cuerdas y aun así puso a cavilar a Juan y Pepe Habichuela, que no eran mancos. Qué injustos son los analistas de la guitarra flamenca al insistir siempre en la grandeza de Paco, como si fuera el único. Y qué injusto fue el propio gaditano al afirmar que, de Ramón Montoya a él, el flamenco apenas había evolucionado.
Se olvidó del legado de Manolo de Huelva y el Niño Ricardo, quienes, aunque no eran gitanos, tenían más aire flamenco que Montoya y Sabicas, que sí lo eran. Es cierto que Manolo y Ricardo fueron grandes conservadores, pero la aportación de ambos fue enorme: sentaron las bases y mecanismos que sirvieron a toda una generación. El mismo Paco era ricardista hasta Fuente y caudal, donde comenzó a evolucionar. Más tarde, descubrió a Sabicas y guardó a Ricardo en un cajón.
Una asignatura pendiente de los críticos de la guitarra flamenca es analizar a esa época de la sonanta, los años sesenta y setenta, porque ahí reside la verdadera esencia del cambio. Todo se transformó en esas décadas: el cante, el baile y, por supuesto, la guitarra.
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