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José Manuel Serrano
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Decir que el derbi entre el Betis y el Sevilla es el mejor del mundo me provoca cierto embarazo. Volví a escucharlo en el último derbi. El nacionalismo aborigen también existe. No todo va a ser imperialismo ruso o egolatría de patanes made in Trump. Decía Italo Calvino que si levantas un muro, piensa en lo que queda fuera. No, el derbi sevillano no es el mejor del mundo. Pienso, por ejemplo, en la alucinógena ingesta de setas que depara todo derbi entre Boca Juniors y River Plate (The Guardian dijo que era una de las cosas que había que hacer en la vida antes de que uno doblara la servilleta). Pienso –por conocido– en el sahumerio de bengalas en Belgrado entre el Estrella Roja y el Partizan. Pienso también en la guerra civil de El Cairo entre acérrimos del Esteghal y del Persépolis (el derbi cariota lo pita un árbitro extranjero). Claro que nuestro derbi tiene su mejunje, su colorido y su víscera rica y genuina. Pero decir que es el mejor del mundo es tener poco mundo.
Decía también Bergamín que detrás de un patriota hay siempre un comerciante. Es lo que le ocurre a nuestro alcalde. De vez en cuando se marca una de nacionalismo sevillanita. En eventos de postín se le ha escuchado soltar el mantra: “Sevilla es la mejor ciudad del mundo”. Suele decirlo con su encanto natural, con ese semblante hecho como de piedra pómez. Todo patriota y comerciante vende su marca como quien vende humo o crecepelo o coches de ocasión. Estén seguros de que Sevilla no es la mejor ciudad del mundo. Viajar es hoy por hoy cosa de groseros y maleducados. Pero hay otros muchos destinos distintos a Sevilla donde uno, pese a Ryanair, aún puede levitar y empequeñecerse (lo llaman stendhalazo).
Dicho esto, acéptese que Sevilla es la mejor ciudad del mundo. Gloria bendita. De ser así, lo suyo sería que se creara un museo afín al nacionalismo sevillanita. Un Museo de la Sevillanía sería lo ideal. Quiere decirse un centro de interpretación de las esencias locales, donde foráneos y nativos compartieran emulsiones a las sevillanas maneras. Zagreb tiene su estupendo Museo de las Relaciones Rotas dedicado al desamor en pareja. El curiosísimo Museo de las Cosas se halla en Berlín. El Bucarest de Ceaucescu tuvo su Museo del Tranvía (aquí se exponían hasta dedos y pies amputados por accidentes de usuarios con la apertura y cierre de puertas). El Museo de la Sevillanía sería toda una aventura inmersiva. El visitante recibiría su unción de incienso, azahar, fritanga de adobo y naranjas amargas del invierno por aquello de equilibrar estaciones, estímulos y fragancias. Alcalde, tome buena nota
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