
EN LINEA
José Manuel Serrano
Moreno y su talón de Aquiles
El Pinsapar
Por el principio: mis amigos lo saben: me gustó tanto Alemania que cuando volvíamos lo dije: nada más llegar empiezo a estudiar alemán. Llegamos por Suiza, aeropuerto de Zúrich, en concreto. La idea era visitar las cataratas del Rin, espectaculares. Y luego llegar a Múnich por Titisse, un pueblo alpino lleno de relojes de cuco, y la Selva Negra. Absolutamente increíble. Pero nos quedaba lo mejor, los estados de Baviera y Baden-Wurtemberg. Baviera es la Alemania del Sur, más soleada, alegre, bebedora y festiva. Aquel viaje lo prepararon unos amigos de Chiclana y no subimos a la Alemania central ni del norte, fuimos a Austria, en concreto, a Salzburgo e Innsbruck, ya luego el valle de Bolzano, Verona y Venecia. Al frente iba un cura navarro, alguien inolvidable, vitalicio, generoso y culé. Un autobús al completo por Europa. Fue tan espectacular todo que me fui apuntado a todas las Alemanias, desde el Báltico al crucero fluvial que nos llevó a Heidelberg, ciudad universitaria con una inmensa biblioteca y viviendas para profesores en la orilla oriental del río. O bajar a Berlín desde el puerto de Warnemünde, para mi asombro. Alemania había reconstruido las ruinas de la guerra, había renacido de sus cenizas. Las iglesias, en donde siempre había música en vivo –órgano, cámara, coros– mostraban las fotos del antes y el después sobre una urna donde se depositaban los dineros para la rehabilitación. Era estupendo, ciertamente. Haber superado –colectivamente– el crimen infinito que representó el Nacional Socialismo y haberse puesto en pie de nuevo, haciendo una Alemania grande de nuevo, era algo de verdadero mérito. Por esto en estos días en los que se habla sin parar del partido de la extrema derecha, un poco como aquí ocurrió con las últimas, este que viene el Coco y nos espera un infierno muy grande, ha quedado en los propagadores, sin más. Es cierto que el partido de la dama de níquel ha subido empujando a los socialdemócratas, que gobernaban, al tercer puesto pero los conservadores clásicos se han encaramado a lo pino de las tablas electorales. Van a una coalición de la que salen los liberales por su comportamiento en el gobierno anterior y Alemania volverá a ser quien era, una nación pujante en el corazón de Europa que pondrá buen juicio –con París– en este desperfecto que ha aparecido en el horizonte llamado Trump. No va a ser fácil, el tipo que se quiere comer Groenlandia y Canadá como un Putin cualquiera va a tener que autolimitarse y aprender a doblar las rodillas. Puede que todo esto sea un disparate pero, por si acaso, hay que mantener a raya al presidente norteamericano.
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