
Monticello
Víctor J. Vázquez
Una pérdida de tiempo
La Barqueta
Por lo que pueda pasar con mi vida, estos días estoy terminando mis memorias flamencas, cincuenta años de relación con el arte jondo y sus protagonistas, que son los flamencos. Creo que nunca un crítico profesional de este arte publicó sus memorias, sus recuerdos, y me apetecía hacerlo ahora, con la cabeza aún despejada y una memoria que merecería un congreso de especialistas. Me acuerdo hasta de lo que mi cerebro tendría que haber borrado para protegerme, pero el enemigo, a veces, está dentro de nosotros mismos, agazapado en el entresuelo de la mollera.
Medio siglo de flamenco en Sevilla no es moco de pavo y había que contarlo, desmentir tantas falsedades sobre la historia del flamenco como se han publicado en esta ciudad y hacerlo sin miedo alguno a represalias. ¿Qué me puede pasar, que me maten de hambre? Todavía no se me ha olvidado poner ladrillos más o menos derechos y como he sido siempre un comilón tengo reserva de manteca como para aguantar meses sin comer, ahora que nos están avisando del caos que se nos viene encima y recomendándonos desde Bruselas un kit de supervivencia por si nos tiraran una bombita de peste.
De niño, en el colegio, el maestro me preguntó sobre qué significaban las siglas USA y le respondí sin titubeo alguno: “Unión Soviética Americana”. Me dijo el maestro, partiéndose de la risa, que acababa de arreglar el mundo. Pues, en vista de cómo está la cosa, parece que no iba muy descaminado hace sesenta años. Pero, por si acaso, no me dieron el Certificado de Estudios Primarios por si me daba por ser espía del nuevo orden mundial de rusos y americanos, condenándome al andamio.
Perdonen que haya escrito este viernes de mí mismo, que no está bien, pero a lo mejor me confiscan el ordenador y se me olvidó escribir con bolígrafo. De todas formas mi vida es tan poco interesante como la de quienes llenan cada día los periódicos del país. Si he escrito mis memorias flamencas es solo porque de algo hay que vivir, que está la cosa que vas a un supermercado y te sacan el machete en la caja. Vivir tanto entre flamencos te aporta una rara habilidad para buscarte la vida.
El Chiquito de Camas fue un día a cantar en un festival del Castillo de las Guardas y como iba sin voz salió del apuro con habilidad porque necesitaba la pasta: “Distinguido público, estoy mudo, sin voz, hecho polvo, pero fijarse en las letras, que no son del banco”. Cantó para echarlo a los cochinos, pero llenó la cartera de billetes verdes y dejó bien alto el pabellón de la ojana chachi piruli.
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