
Del Gran Eje a la Alameda
José Luis Marín Weil
El trastero del museo
Uno no sabe qué más tiene que pasar para que Carlos Mazón presente su dimisión como presidente de la Generalitat valenciana. Cuando compareció para sacar pecho por sacar adelante unos presupuestos con el apoyo de Vox, habría quienes pensaban que la urgencia de la convocatoria significaría el esperado paso atrás. Es evidente que el presidente del Gobierno valenciano no estuvo a la altura. Igual fue el único día que no estaba en su sitio, pero ése era el día y no otro. Ése era el mes y no otro. Ése era el año y no otro. Ése era el siglo y no otro. Y no estuvo. Por cierto, la ausencia clamorosa de la máxima autoridad no tiene por qué conllevar la pasividad de la cadena de mando. ¿Nadie dio un paso adelante porque no venían las órdenes desde arriba? En la remodelación de su Gobierno ha nombrado a un general de prestigio, pero en los estragos de la dana perdió claramente la batalla. Subestimó la fuerza del enemigo y se echó a dormir.
Dicho o escrito lo cual, Mazón no es un asesino. Esa palabra empequeñece la causa de los que piden su dimisión. Es perfectamente legítima la rabia, la indignación, la sensación de abandono de los familiares de las más de doscientas víctimas mortales, de los miles de damnificados por la pérdida de casas, de negocios, de empresas, de vehículos. Valencia fue la Birmania de España. El derecho que asiste a las víctimas no es equivalente para nada con el intento de aprovechar políticamente la tragedia. Ese derecho no es extrapolable al adversario político que tampoco estuvo a la altura de las circunstancias. Entrar en sutilezas de competencias es redundar en la infantilización de la política. Ya sabemos dónde no estaba el presidente de la Generalitat, pero queremos saber también dónde no estaba el Gobierno de la nación. El que lo primero que hizo el mismo 29 de octubre, conociéndose los primeros efectos de una jornada que sería aciaga y trágica, fue aprobar el nuevo Consejo de Administración de Radio Televisión Española.
No se le ha dado la suficiente difusión al testimonio del escritor Santiago Posteguillo en el Senado. El autor de la trilogía de Trajano vivió en primera persona los efectos de la dana en su casa de Paiporta y denunció en una sobrecogedora intervención la negligencia de la Generalitat, dolosa e imperdonable en grado superlativo, y la inacción del Gobierno central. No falló el Estado de las autonomías, falló el coraje de los políticos, su capacidad de empatía, de compasión. Al menos podrían tener la decencia moral de no aprovechar la tragedia para seguir despedazándose. El rey Felipe VI es el único que ha estado en su sitio, amén de los miles de voluntarios y los militares que todavía, cinco meses después de la riada, siguen achicando escombros y restaurando puentes.
El presidente del Gobierno promocionó a la ministra de Medio Ambiente y no se le cayeron los anillos por pactar con la extrema derecha europea para encontrarle acomodo a Teresa Ribera lejos de los barrancos. El informe de Posteguillo sonaba como el Yo acuso de Zola en el caso Dreyfuss o el Informe Sabato contra los desmanes de la dictadura argentina. Mazón no debería seguir. Pero no es un asesino. Mazón no es Bretón.
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