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Acaso se preguntará usted qué fullera trilogía une el fútbol con un águila imperial y un pene. Igual que todos los caminos conducen a Roma, todas las sospechas llevan al inefable Juan Bernabé, el cetrero gaditano de la Lazio, uno de los clubes del fútbol romano que viste de celeste. Su historia la conocimos hace poco. Juan Bernabé ha sido despedido como cetrero del águila Olympia, mascota y emblema del club lazial, por haberse alargado el pene y publicar la nueva prestación eréctil por Instagram.
Su presidente, el temperamental Claudio Lotito, reaccionó muy colérico, pues él, según dijo, es de eucaristía diaria y defiende valores como los arditi de la Italia de antaño. Los ultras de la Lazio exigieron la expulsión del cetrero de Cádiz, su otrora colega en saludos fascistas. Desde Benito Mussolini, el historial ultra y fascistoide de la Lazio acompaña al club con variados capítulos sobre los que no nos extenderemos. En 2021 el cetrero viril ya fue despedido por mostrar el brazo a la romana en el Olímpico de Roma, saludando a las férvidas gradas. Dijo no ser fascista, pero sí admirador de Mussolini y de Franco. Y añadió que votaba a Vox. Fue rehabilitado y de su brazo diestro el águila Olympia volvió a volar imperialmente en el Olímpico en el ritual previo a los partidos.
El hombre-pene arguyó que decidió alargarse la berenjena para paliar cierta disfunción atribuida a un lejano accidente de caballo (el sujeto se ve que eyacula biografía). Dijo también que su actividad fornicadora (“necesito eyacular cada vez que tengo tiempo libre”) le venía por haber practicado el arte de estar en bola picada en las playas naturistas de Cádiz.
Hoy, en fin, es Miércoles de Ceniza y hasta los Seises de Sevilla han concluido su Triduo de Carnaval, en desagravio a los grasos excesos de la carne. Pero la historia del cetrero gaditano es pura chirigota de Teatro Falla, cosa que admitimos hasta los cero carnavaleros. Uno, en clave sevillana, se imagina qué habría pasado si la fálica historia le hubiera ocurrido a un supuesto adiestrador de aves del Sevilla o del Betis. Imagino, en el Benito Villamarín, a su querido cetrero, tan ducho en hacer volar papagayos o colibríes verde fantasía o hasta verdísimas bandadas de cotorras de Kramer. Y pienso en su homólogo, pero en el Sánchez-Pizjuán, haciendo volar golondrinas becquerianas, sevillanísimos vencejos o, ya puestos, lanzando al cielo una majestuosa paloma de la paz, que simbolizara el abrazo fraterno entre Del Nido padre y Del Nido hijo. ¿Y si Juan Bernabé inspirara una nueva rivalidad? A ver quién la tendría más larga.
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