
Las dos orillas
José Joaquín León
Importancia de los bares
Cuarto de muestras
Me enseñaron a admirar a los artistas. A comprenderlos. A sufrir por ellos. Incluso a justificarlos cuando no estaban a la altura de su creación. Supe que detrás de toda obra verdadera hay soledad, dolor e incluso penurias. Llegué a formarme la idea, apenas intuida, de que el arte es mucho más que belleza o interpelación. Encontré en las obras que más me interesaron una extraña y misteriosa deformación de la mirada. Una visión distinta e inexplorada que se metía dentro y nos removía, que nos colmaba de emociones. Una verdad revelada y a la vez inexpugnable. Una superioridad que nos acercaba a nosotros mismos y a los demás. Algo que hería y consolaba a un tiempo. Un poder al que rendirse sin perder la libertad.
Tuve mi etapa pedante. Confundí la pasión con el conocimiento, el saber con el sentir. La avidez de profundizar con la necesidad de abandono. Una etapa ansiosa, devoradora como aquella que padecen los adolescentes cuando engullen de una forma primitiva y voraz, con ansia más que con gusto. Sin deleite. Una glotonería insaciable que nunca tiene fin ni memoria. Buscaba autores de los que leía todo o me empapaba de su pintura y después escudriñaba sus biografías. De ahí tiraba para conocer sus influencias y así empezar de nuevo hasta el infinito. Si llegaba a conocerlos en persona fingía no saber por vergüenza. Descubrí que la erudición era fría y aburrida, que, lejos de acercarnos a lo que nos llena, nos separa por saturación. El arte, lo descubrí después, obliga a detenernos.
Con estos antecedentes, solía ponerme exquisita cuando llegaba el momento y la conversación. Siempre, siempre, siempre defendía la obra de un artista por impresentable que fuese su biografía. Me sabía todos esos argumentos tan manidos de que quién es una para juzgar a nadie, que una cosa es la obra y otra el autor, que la historia está llena de ejemplos de grandes obras creadas seres deleznables, que nadie es sublime en todo, que la diferencia entre ética y la estética no siempre es posible. Que todos tenemos sombras. Mis palabras fueron perdiendo entusiasmo y convencimiento.
No he conseguido conservar mi ceguera. Ya no me da igual que alguien sea deleznable por mucho que me guste su obra. No soy capaz de olvidar que se ha gestado por alguien que hizo daño mientras esgrimía en su obra los más altos pensamientos. Que la generosidad de la que se habla en un libro está escrita por un ser mezquino. Quizás todas las obras debieran ser anónimas para ser valoradas en justicia. O no conocer a los autores para saber perdonarles sus culpas. O ser más generosos. No sé.
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