José Antonio Fernández Cabrero

El Señor de los desesperanzados

05 de abril 2025 - 03:10

Nada hay más parecido a la muerte definitiva que no esperar nada en la vida. El corazón puede seguir latiendo y nuestras células funcionando, pero nuestra alma se consume, como la llama sin oxígeno, si nos arrebatan la esperanza. Estaremos vivos, biológicamente vivos, aunque habremos muerto espiritual y existencialmente. No somos exclusivamente adn. Nos constituimos en seres humanos por el amor y la esperanza, capacidades que llevan a la plenitud de la humanidad; también, en su ausencia, a la aberración de la condición humana, a la negación de nuestra esencia y trascendencia. San Juan de la Cruz supo concentrar ese estar vivo sin estarlo en el título de uno de sus más célebres poemas, Noche oscura del alma. El alma se nos oscurece, es engullida por un alquitrán viscoso, que inmoviliza todas nuestras potencias y deseos hasta convertirnos en un montón de huesos errantes que nada ansían. La desesperanza acaba convirtiéndonos en zombis.

Mi Cristo sentenciado es un hombre desesperanzado en la noche profunda y sin eco del Viernes Santo. Su alma se ha vaciado, y ya sólo entrega un cuerpo para que los carroñeros del pecado lo despedacen. Se abisma al sentirse irremediablemente desesperanzado; no da crédito a verse tan vacío interiormente. ¿Cómo creerse un mesías si apenas puede creerse ya un hombre? A su madre le profetizaron la espada que le atravesaría el alma, pero a él nadie le dijo que la suya sería secada hasta desmoronarse hecha añicos. Decimos que el Señor de los macarenos es hijo de la Esperanza, quizás por eso conoce tan bien su carencia, la desesperanza; quizás por eso los hombres y mujeres desesperanzados ven en él al hermano que les comprende por compartir entrañas aniquiladas, y al que pueden confesarle que ya no les quedan fuerzas ni para creer. Mi Señor maniatado, en las tinieblas de la noche del Viernes Santo, que lo engullen como la ballena a Jonás, va llamando con su silencio a todos los que están afligidos y agobiados para aliviarlos, invitándoles a compartir su yugo; a hermanarse con él en las simas humanas; a vincularse con su desesperanza en una solidaridad humana desde la cual se abrirá la posibilidad de construir el reino, que no es otra cosa que reconstruir las almas y encender el hogar con la lumbre de la esperanza.

Este Jesús de la Sentencia me enseña a ser como el vidrio que se quiebra hasta romperse en mil pedazos, pero atesora en su propia naturaleza la capacidad de volver a ser fundido para modelarlo nuevamente. Me educa en no desperdiciar mis fragmentos rotos, pequeños sí, pero indestructibles ya a esa escala; a reunirlos para acrisolarlos y, ya fundidos, ser soplados y modelados como copa donde echar el vino nuevo. Somos cristal de Dios, como el Sentenciado nos mostró, frágiles pero maleables; quebradizos pero fuertes para albergarle a él a pesar de todas nuestras faltas.

Cuando el sol toca por vez primera al Cristo de los macarenos en la mañana del Viernes Santo, ese cristal de Dios que vimos quebrantado en la noche se transfigura en imponente vaso portador de la nueva humanidad. Como un prisma, la luz del nuevo día lo traspasa para descomponerse en mil colores que nos invitan a fiarnos de su palabra y a creer en el misterio de nuestra fe, que será desvelado más tarde por la epifanía de un entrecejo. Este es el Señor de los desesperanzados en el que creo, aquel que en cuestión de horas, de la noche a la alborada, reconstruye nuestra alma y prende de nuevo en ella la llama de la esperanza.

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