Eduardo Del Rey Tirado

De imágenes secundarias

Dios, a la intemperie

04 de abril 2025 - 03:08

Muchos recordamos con cariño a algún profe o seño de cuando éramos pequeños en el colegio. Algo así sucede también con las imágenes secundarias de la Semana Santa de nuestra infancia. Fueron las catequistas que ayudaron a nuestros padres a explicarnos aquellos pasajes de la Pasión que descubríamos admirados. Como los sayones que levantaban al Crucificado entre cuerdas y relinchos en Santa Catalina. Con su dinamismo y expresividad, nos introducían en las horas más difíciles del Señor, enseñando las distintas actitudes que se producían ante Él. Hirientes, como la mueca despectiva de Herodes, la mirada perversa de Caifás, el arrogante gesto de Perragorda, o el desdén de Pilatos junto a la palangana. Otros más amables, como la curiosidad de Zaqueo –“a ver quién lo encuentra antes”–, la ayuda del Cirineo, el valor de la Verónica, la delicadeza de Arimatea y Nicodemo, subidos sobre la muerte oscilante de Cristo, o trasladándolo con ternura al sepulcro. Otros tristes, como los pies descalzos de los apóstoles dormidos en Montesión, la bolsa de Judas…

Al cabo de los años, más mayores todos, seguimos viendo estas figuras como nuestros maestros. Sus lecciones cimentaron nuestra fe, enseñándonos también cuál era su papel, secundario, y que darles el sitio de Jesús era desvirtuarlos. O no querer escucharlo a Él, como la bofetada del guardián de Anás, porque su palabra desnuda nuestras actitudes. O una manera de huir de su mirada, como Gestas, o de sacarlo de nuestra vida, como el romano de la Amargura. Por eso es peligroso el paso de la Coronación de Espinas del Valle. En ese momento límite, cuando la Verdad está siendo escarnecida, nos preguntarán desde la Calzada: ¿a quién queréis que suelte? ¿Acaso nos estorba este Dios, porque no nos deja ser nuestro propio dios? Y oiremos ¡Crucifícalo, crucifícalo! Mientras, los espejitos de la canastilla nos devuelven nuestro verdadero rostro. Entonces, quizás sintamos la caricia de la mirada más dulce y rota. Y el íntimo impulso de querer acompañar al Hijo consolando a la Madre. Como San Juan, el primer nazareno de Virgen.

También te puede interesar

stats