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La Semana Santa tiene tantos matices, que pueden combinarse reflexiones profundas con otras más irrelevantes. Porque junto a lo sustancial convive lo efímero, que juega un papel importante. Como el azahar que, al poco de florecer anunciando con su fragancia el tiempo nuevo, nieva el arriate de minúsculas pinceladas blancas. O el incienso, que se quema elevándose ligero sobre su columna sagrada hasta desvanecerse. Desde su fugacidad, ambos sirven a lo fundamental, dando así pleno sentido a su ofrenda absoluta.
También es efímera una conversación sobre cofradías de dos amigos en una esquina, sin más pretensión que pasar un buen rato. Si esta charla se organiza, se hace más o menos estable y participan algunos más, se llama tertulia. Teniendo claro dónde está el centro de todo, una de las cosas más gratas que hay es hablar de pasos con amigos. Sencillamente, compartiendo opiniones, sentimientos, devociones, y reafirmando la propia vocación cofrade. Hay tertulias míticas, más nuevas, esporádicas, uniformes, variopintas… Conozco una que nació de un grupo de amigos casi en el colegio y que, donde se reúnan, mantiene el sabor y ambiente de la casa sevillana fundacional, con calidez de patio y animada velada entre plantas. Pasaron los años, aquellos amigos fueron llamando a otros y la tertulia crecía. Como sus integrantes, sus responsabilidades profesionales y, en algunos, también en sus respectivas hermandades. Hay hermanos mayores y oficiales que lo son o han sido, hay capa, ruan, centro, barrio... Y tienen un presidente, perpetuo por querido y admirado, veta probada de la cruz de su Cristo del Calvario.
Una tertulia, a la postre, es como un capirote. Algo sin valor aparente, un cono de cartón o rejilla que se oculta bajo el antifaz y desaparece del mundo. Pero con una función crucial, porque define la figura icónica de la Semana Santa, el nazareno. Una tertulia parece también algo intranscendente: unos cartuchos de pescao, tinto, cerveza, regañá, y una reunión de amigos hablando de cofradías. Tan simple como un capirote, tan excelso como un nazareno.
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